Por: Lenin Y. Aguilar R/Fotos: Flickr-Gerado Galíndez

En una especie de planicie de suelo calizo, se alzan los restos de lo que fuera la capital de los toltecas, en donde quizá se centró el mítico reino de Quetzalcóatl, aun vigilada por los imponentes Atlantes.

Tula, la presunta heredera de los conocimientos y secretos de Teotihuacán, acoge sumida en el silencio de los siglos, cuatro monumentales columnas conocidas como Atlantes, que hoy se erigen en la cima de una pirámide escalonada dedicada al culto de Quetzalcóatl.

¿Guerreros del pueblo de Tula? ¿Guerreros del cosmos? ¿Extra- terrestres? ¿Gigantes? ¿Por qué fueron acribillados y qué representan? Por encima de todos estos enigmas aparece el pueblo tolteca, del que nadie conoce con certeza sus orígenes ni las razones de su súbita desaparición. Algunas hipótesis sitúan a sus moradores como los herederos de la mítica Atlántida, y justifican el origen de los sorprendentes conocimientos de este pueblo que parece surgido por generación espontánea.

Incluso para los aztecas, los enigmáticos toltecas ya eran una leyenda, quienes los describieron como hombres especiales, altos, conocedores de las cosas ocultas y los primeros habitantes de esta tierra, después de que el mundo ya se hubiese destruido cuatro veces.

En la mitología e historia tolteca, la figura de Quetzalcóatl es la más importante, y la controversia sobre su verdadera identidad es absoluta. Para algunos, solo fue un gran militar que acaudilló a su pueblo hacia el siglo X d.C., tomando el nombre de una de sus deidades principales, para otros, fue un hombre ascendido a la categoría de dios, un sacerdote guerrero que instruía a los suyos en la ciencia del tiempo, los calendarios, la construcción de pirámides y las matemáticas, cambiando así los destinos de su tiempo para llevar a los toltecas a su esplendor.

Es imposible precisar la cronología de este personaje legendario, algunos sitúan su reinado entre los años 843 y 977 d.C., sin embargo las narraciones recogidas respecto a su destino final son un episodio oscuro y sujeto a todo tipo de interpretaciones.

La tradición menciona que fue hijo de un dios y una mujer terrenal, que elevó a su pueblo, pero al ser tentado por el mal cayó en la soberbia y la lujuria. Consciente de haber fallado en su misión, emigró hacia la costa acompañado de un grupo de discípulos donde se inmoló o salió despedido en llamas hacia el cielo, convirtiéndose en Venus, la estrella de la mañana. Este hecho supone la razón del declive de su pueblo, desapareciendo en el tiempo.

La historia oficial también presenta fisuras, y una de ellas apunta a la incongruencia de que un pueblo, que suponen no conocía los animales de carga, las herramientas de metal, ni la rueda, fueron gracias al ingenio colectivo, capaces de fabricar adobe y de cortar con absoluta precisión las piedras para levantar pirámides.

Si exceptuamos el aluvión de figuras de jaguares, coyotes, águilas que devoran corazones y serpientes que engullen esqueletos humanos, las figuras conocidas como Atlantes no resultan fácil de determinar, pues queda poco de ellas. A pesar de ello, se alzan or- gullosas la figuras de los guerreros, guardianes de piedra que en su apogeo sustentaron un templo ya desaparecido; objeto de adoración de grupos ocultistas, y para los partidarios de que la raza humana convivió con extraterrestres, los atlantes son una prueba.

La primera descripción especializada de las ruinas de Tula fue realizada por Antonio García Cubas en 1873, perteneciente a la Sociedad Mexicana de Geografía e Historia asimismo, las prime- ras exploraciones arqueológicas fueron realizadas en la década de 1880, por el anticuario francés Desiré Charnay Charnay, quien después de sus exploraciones por la República Mexicana, propuso la relación que existió entre Tula y Chichén Itzá.

En 1940 se inicia el proyecto de exploración más importante del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), y durante veinte años fueron descubriendo los restos de los templos y palacios más importantes de Tula, entre ellos el Templo de Tlahuizcal- pantecuhtli y en un pozo de saqueo, ubicado sobre este mismo, se localizaron las columnas y atlantes que sostenían el techo de este edificio.

Tollan fue fundada por Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, el primer reino náhuatl. Toltecas, que significa maestros constructores, erigieron estas estructuras de 4.5 m de alto, cada una con una vestimenta diferente, incluyendo sus rasgos que no representan a alguna raza conocida por el pueblo tolteca.

Se les dio el nombre de Atlantes, por el átlatl, una especie de bastón que servía para lanzar flechas de manera más potente y precisa. En uno de los pilares del templo existe un grabado donde se puede ver a un hombre en cuclillas utilizando un artefacto no reconocido lanzando fuego a las piedras con un tanque a la espalda y botas. Es de destacar que los Atlantes usaban un mandil, artilugio ocupado por el oficio del constructor, que en más de una cultura es usado, siendo los egipcios, babilonios y los masones quienes lo utilizaban como una representación de sabiduría y creación.

No podemos dejar de hablar de la relación de los Atlantes de Tula con el titán de la mitología griega Atlas, el cual era quien sostenía al mundo, de manera más fiel, era quien sostenía los pilares del cielo. ¿Coincidencia o una relación directa? ya que las columnas que soportaban el techo del templo donde residía Quetzalcóatl, fuesen esas colosales esculturas, labradas en piedra con acaba- dos de suma exactitud.

El hacer referencia a los cuatro pilares sosteniendo el cielo, podría tratarse de una alegoría, ya que al ser mencionados en diversas culturas, estos cuatro puntos también podrían ser relacionados con los cuatro elementos o cuatro estaciones del año, de alguna manera existe un pasado lleno de misticismo que envuelve a es- tas culturas tan antiguas, magníficas y avanzadas.